Uno de los reclusos ha elevado una queja a la dirección del
centro reclamando que se elimine este animal porque su canto mañanero
le impide conciliar el sueño. El gallo forma parte del huerto que se
puso en marcha hace tres años en un proyecto de Acción Ecologista
Guadalquivir y del que se benefician 55 presos en dos programas, uno de
viverista y otro de horticultura. Para más inri, este ave es el símbolo
del cartel que elaboraron los propios reclusos para identificar el
huerto. Quince de los presos del módulo dos se encargan de su cuidado.
"Es curioso que no moleste la alarma --que suena cada dos por tres-- y sí el canto de este gallo", comenta Bartolomé Olivares, uno de los responsables del programa, quien entiende que "la dirección no quiere complicarse la vida".
Según dice este conservacionista, el proyecto tiene los días
contados. El huerto se abrió como experiencia pionera y exportable a
otras prisiones, pero Acción Ecologista Guadalquivir está buscando la
manera de salvarlo. Y eso que el subdirector general de Tratamiento y
Gestión Penitenciaria, Virgilio Valero, señaló en su inauguración que
es un proyecto muy "interesante", que permite una mejor reinserción en
la sociedad de quienes cumplen condena en Alcolea.
El Aula de la Naturaleza, como se denomina a la iniciativa,
ocupa una ínfima parte de los 277.296 metros cuadrados de la prisión, y
en ella hay plantadas sandías, alcachofas y tomates ecológicos justo al
lado de los gallineros, entre muros de hormigón, puertas corredizas y
cámaras de viligancia. "El canto del gallo humaniza un paisaje en el que lo natural brilla por su ausencia", dice Olivares.
El recluso que se queja del kikirikí está en un módulo a más de
200 metros del huerto, y una vez que la dirección estime su petición,
si es que no lo ha hecho ya, dejará de oírse al alba uno de los sonidos
que han acompañado al hombre desde que aprendió a domesticar animales y
que ha servido para recordarnos que la vida sigue, aunque la del gallo
dependa de una decisión más que subjetiva.